sábado, 27 de mayo de 2017




















SALA DE ESPERA (ANTICIPO)


¿Cuánto tiempo hemos pasado en una sala de espera? Esperando un tren que casi nunca llega puntual. Todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años… Siempre la misma estación, siempre las mismas paredes. Muchas veces los mismos pasajeros. Hemos ido al trabajo en tren, al colegio en tren, a la mili en tren, nos hemos ido del pueblo en tren y hemos vuelto cada verano, lentos viajes, con niños y maletas, con la alegría de ver a los que quedaron allí, a los que vuelven como nosotros, a los que sólo permanecen en los nombres de las lápidas de un cementerio pequeño y pobre, y en los agrietados retratos de las repisas. ¿Cuántas veces hemos matado el tiempo fumando o charlando, o contemplando el vuelo de los pájaros o viendo cómo empiezan a florecer los almendros? ¿Cuántas veces hemos perdido la paciencia porque el tren no llegaba y la novia esperaba en un andén desierto, en otra estación perdida en el páramo, o cobijada en un bosque denso, o erguida con orgullo entre campos bien cultivados, al final del camino que lleva al pueblo? (...)


PRÓXIMAMENTE...


viernes, 3 de febrero de 2017


LA VIDA SECRETA DE LAS PLANTAS
(Notas del exilio, 3)


¿Qué miras? ¿Qué mirabas todas las noches?
¿Qué miras en mi recuerdo de aquel piso, frente a la ventana cerrada
a treinta metros del río y tantos kilómetros de esa casa
que Morrissey te dijo que nunca sería tuya?
Todo está mal, desordenado, revuelto.  
Las puertas abiertas llevan a pasillos oscuros
que acaban en un dormitorio donde siempre hay un muerto en la cama hecha,
vestido, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándonos.
Los trenes no salen, los autobuses cruzan la calle equivocada,
los cementerios se multiplican y el Cierzo barre las tumbas interinas.
¿Qué miras?
¿Qué mirabas con tus ojos negros, con tu boca negra,
con tus piernas negras?
¿Qué mirabas con tus sueños rojos, con tus pechos rojos,
con tu coño rojo?
El amor no es posible y el dolor es una planta de interior.
Has visto su tallo esbelto y veloz y casi has estado a punto de gritar.
Pero por suerte todos duermen
o están borrachos
o están muertos o
(lo más terrible de todo) se han rendido al frío
que sube del río
y han entregado su semen congelado
para fabricar una crema que no salvará a ninguna ballena.
Nosotros no, nosotros no dormimos.
La noche acaba y viene la niebla.
Y tú ya ni fumas ni bebes porque el bar quedó al otro lado del río
y será demolido en una media hora.
¿Qué miras? ¿Me lo quieres decir, qué miras?
¿Qué mirabas cada noche? ¿En mi recuerdo
de aquel piso, en mi recuerdo de aquel otoño?
La niebla que sube del río borra el portal,
el primer piso, el segundo piso, el tercer piso,
y va rápido hacia nuestro comedor vacío,
y la pared es muy fina y todos duermen
y sólo quedamos tú y yo,
tú y yo en la ventana blanca
tú y yo en silencio,
matándonos con palabras
escritas en el vaho del cristal, con palabras que suben del río

y nadie escucha detonar.





miércoles, 21 de diciembre de 2016














MAÑANA





   Un lugar al que ir no es más importante que un sitio donde esconderse.
                                                                                                      BENJAMÍN PARDO





       Vivíamos en los confines de la ciudad. En una finca gris y fea con paredes de cartón y patio interior sombrío. Vivíamos a treinta metros de altura. Treinta metros sobre los solares y las vías del tren. Treinta metros sobre los coches y las chabolas, sobre los jardines y los desguaces. No teníamos muebles. No teníamos mesa, ni sillas, ni perchas donde colgar la ropa, ni un sofá donde sentarse a ver la televisión, ni una televisión que ver desde un sofá. Por no tener no teníamos ni cama. Teníamos dos colchones mugrientos, un espejo sucio, dos mantas roídas y un hornillo prestado.
Por las noches el frío se calaba en los huesos y se filtraba en los pensamientos, de modo que juntábamos los colchones y nos entrelazábamos bajo las mantas. Tú siempre encontrabas mi mano y yo siempre llegaba a tu boca. Nos besábamos entre bultos blandos que se movían levemente y mascullaban palabras incomprensibles hasta que nos vencía el sueño.
Después despertar bien entrada la mañana, los músculos ateridos, el cuerpo cansado. Lavarse con agua fría. Lavarse despacio y por turnos. O juntos y a toda prisa. Vestirse con cualquier cosa. Comprobar que no queda comida.
“Pues habrá que bajar a comprar algo”.
 “¿Quién baja?”.
 “¿Quieres que te acompañe?”.
Miradas y risas. No hay que nombrar lo evidente. La calle era distinta por la mañana. Con mente dormida y el estomago vacío, recorríamos los barrios desnudos de la periferia. Bajar no era sólo una obligación. Teníamos que conseguir comida. Pero bajar significaba también ver gente, buscar el sol, hacerse preguntas...
“Mira esa dependienta… ¿Qué crees que hará cuando acabe su turno? ¿Crees que irá su novio a recogerla? Parece una buena chica. ¿Pensará que estamos locos?”.
Bajar significaba perderse por calles bulliciosas cuyos nombres desconocíamos, participar de la vida de la ciudad, contagiarse de la vida de la ciudad, para luego volver a nuestro piso pequeño y sombrío, regresar a nuestras cuatro paredes desiertas, a nuestra habitación vacía e inhóspita, pero nuestra al fin y al cabo.
“¿Lo hacemos aquí? Todos están dormidos.” 
“Espera un poco”.
“Tengo ganas…”
Vivíamos en las afueras de nuestra vida. Cada segundo sería nuestro o no sería de nadie. Algunas noches parecían no terminar nunca. Bebíamos y bailábamos. Andábamos sin prisa por las calles solitarias, cantábamos viejos himnos de guerra y nos besábamos lentamente en los portales. Siempre descubríamos un bar abierto. Siempre quedaba la última barra donde beber la última cerveza. Algunas noches la madrugada huía de la ciudad y nosotros nos tocábamos precipitadamente y cantábamos hermosas canciones mientras relucían las navajas y las botellas.  
“¿Te has enterado de lo del Toño?”
“Date la vuelta. Quiero verte bien”.
“¡Menuda paliza!”.
“¿Hoy qué día es?
Vivíamos entre animales voraces y cazadores furtivos. Y nos volvíamos voraces y furtivos como animales. Vivíamos sobre los desperdicios y los desguaces. Vivíamos entre paredes frágiles y duros deseos. Cada noche sería nuestra o no sería de nadie.
“¿Te vas? ¿Abandonas?”
“No. No estoy triste, sólo un poco cansado.”
“No. No estoy triste…. Estoy demasiado cansado para estar triste”.
Vivíamos en la ciudad maldita. Vivíamos en las calles mortales. No teníamos mesa. No teníamos cama. No teníamos seguro de accidentes ni tarjeta de crédito. No teníamos hipotecas ni mantas para el frío.
“¿Echarte de menos?… Claro que te echaré de menos”.
Vivíamos a treinta metros de altura. Treinta metros sobre los cines y las oficinas. Vivíamos en el filo del olvido. A treinta metros de nuestras sombras.
“Mañana...”.
Vivíamos contra la pared. Con la piel desnuda. Con el corazón al aire.
 “Mañana”.
Eso dije: “Mañana”
Como si no supiera que decir mañana es decir siempre.




("Mañana" es uno de mis primeros cuentos, escrito entre los años 1992-1995. Se basa en una experiencia real, en unos días que viví como una especie de "ocupa" en una ciudad con un río enorme que veíamos desde nuestra habitación. Al principio uno no sabe por qué escribe. Con el tiempo me ha dado cuenta que mi imaginación es caníbal. Tengo que soltarla por la selva para que caze alguna presa de vez en cuando. Si no la suelto, si no la saco de su jaula, se vuelve loca y se devora a sí misma y me devora a mí.)


PD: la foto es de uno de los puentes de Budapest, ahora no recuerdo el nombre, y corresponde más o menos a la época del relato. No tengo muchas fotos de Budapest, y es una pena. Todos los días cruzaba ese puente...