sábado, 21 de octubre de 2017



¿Un artículo de historia hoy en día tiene que ser necesariamente un artículo de política?

Para responder esta pregunta he escrito un artículo sobre el siglo XV catalán. Aquí va un adelanto...


Decía Andrés Trapiello que la historia es el verdadero opio de los pueblos, pues al final “no hay historia que no se adultere en mito”. Últimamente estamos viendo mucho supuesto especialista en historia que en realidad no es más que un especialista en mitos, y mucho público muy predispuesto a creer que esos mitos son la verdadera historia.

¿Cuál es el precio que tiene que pagar Fernando de Antequera, noble castellano, para ser elegido rey de la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe en 1412? El “pactismo”, ese es el precio. ¿Y qué es el pactismo? Que el rey no puede hacer nada sin el visto bueno de las cortes, que el rey necesita a las cortes para gobernar, y que, en caso de enfrentamiento, las cortes son las que tienen la última palabra. Eso para un rey, y más para un rey que viene de Castilla, es algo humillante e intolerable, y si acepta esas condiciones es porque no le queda más remedio. Pero no se conforma. Y en cuanto puede empieza a demostrar que piensa hacer todo lo posible por recuperar el poder perdido.

 Sin embargo, no nos engañemos, que el rey se tenga que someter a las cortes (y en la Corona de Aragón, no hay unas cortes sino varias, están las valencianas, las aragonesas, las catalanas, etc.), no quiere decir que estemos en un escenario que podamos llamar ni remotamente “democrático”. Las cortes son oligárquicas, las cortes representan a la oligarquía, a la nobleza y la iglesia, y aún cuando representan a las ciudades, representan a las oligarquías urbanas. El pueblo se queda fuera, como siempre. Y cuanto más débil es el rey, más depende el pueblo de los nobles y de la iglesia.

“La culpa de la guerra fue de unos cuantos”, decía Juan II, el sucesor del llamado rey “magnámimo”, un rey (Alfonso V de Aragón) que se pasó casi todo su reinado fuera de la península, en Nápoles, y del que sólo le interesaba de las cortes una cosa: que le dieran dinero para sus campañas italianas. Pues bien, después de un rey ausente, la Corona de Aragón se encuentra frente a un rey absolutista. Sí, absolutismo es una palabra que no se suele emplear para el siglo XV, que nos remite al siglo XVIII y la llegada de los borbones, pero la realidad es que el pensamiento de Juan II es totalmente absolutista, y esto se ve muy claro cuando dice que el rey está por encima de las cortes y que “solo tiene que rendir cuentas ante Dios”. Por supuesto a las cortes, esta mentalidad absolutista les parece humillante e intolerable y harán todo lo posible, incluso la guerra, para pararle los pies al rey.

La culpa de la guerra fue de todos, nos dice Santiago Sobrequés i Vidal, uno de los principales expertos en la edad moderna catalana, en su libro póstumo: “Catalunya al segle XV: De la sentencia de Casp al regnat de Ferran el Católic”. Y eso incluye también, por supuesto, al rey, que después de una terrible guerra que duró más de una década, sigue sin reconocer ninguna culpa. El rey se salta cada dos por tres la “capitulación de Villafranca” que era lo único que podía mantener la paz en los condados catalanes. Y sus partidarios más radicales no dudan en echar más leña al fuego cada vez que tienen ocasión. Pero los nobles rurales y la oligarquía urbana hacen exactamente lo mismo, atacando al rey y a sus partidarios con cualquier excusa, y así “dos minorías radicales e intransigentemente opuestas fueron capaces de llevar al país al desastre”.

Con Juan II empieza una guerra civil en la que además de la lucha entre el rey y la vieja oligarquía feudad también tienen un papel muy activo los campesinos, que a veces parece que apoyan al rey y a veces parece que hacen la guerra por su cuenta, o incluso los comerciantes y artesanos urbanos, que apoyan a un bando o a otro según sus intereses particulares. El Consell del Principat piensa que con detener a la reina la situación se controlará fácilmente. Pero la reina recibe ayuda de los franceses y lo que iba a ser un paseo triunfal se convierte en una endemoniada guerra que nadie sabe cómo parar, y en la que cada paso parece más absurdo y más desesperado que el anterior. Para libarse de Juan II el Consell pide la ayuda del rey castellano, Enrique IV, que meterá un ejercito castellano en Cataluña y que acabará reclamando el título real (y de hecho lo obtendrá, pues el 13 de noviembre de 1462 los catalanes de Barcelona le juraban fidelidad en la persona de su lugarteniente Juan de Beaumont). Pero los franceses, ya lo hemos dicho, entran para apoyar al rey Juan II y a su mujer, y esa ayuda tiene un precio: Perpiñán pasa a manos francesas en 1463. No contento con eso, el rey francés Luis XI se ofrece como posible rey de Cataluña. Y esto hace que los catalanes, alarmados ante la expectativa de acabar siendo otra provincia de Francia, y ante el abandono del rey de Castilla, que llega a un acuerdo con el rey francés a cambio de la villa navarra de Estella, buscan una posible salida, que resulta fallida, en la figura de Pedro de Portugal, al que reconocen como Pedro IV de Cataluña. Y con esto se alarga aún más la guerra. ¿Y alguien recuerda como actúan los ejércitos en esa época? Pues saqueando y robando lo que pillan, viviendo del terreno que pisan, y sin distinguir muchas veces si las cosechas que esquilman son de amigos o de enemigos. (...)








sábado, 27 de mayo de 2017




















SALA DE ESPERA (ANTICIPO)


¿Cuánto tiempo hemos pasado en una sala de espera? Esperando un tren que casi nunca llega puntual. Todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años… Siempre la misma estación, siempre las mismas paredes. Muchas veces los mismos pasajeros. Hemos ido al trabajo en tren, al colegio en tren, a la mili en tren, nos hemos ido del pueblo en tren y hemos vuelto cada verano, lentos viajes, con niños y maletas, con la alegría de ver a los que quedaron allí, a los que vuelven como nosotros, a los que sólo permanecen en los nombres de las lápidas de un cementerio pequeño y pobre, y en los agrietados retratos de las repisas. ¿Cuántas veces hemos matado el tiempo fumando o charlando, o contemplando el vuelo de los pájaros o viendo cómo empiezan a florecer los almendros? ¿Cuántas veces hemos perdido la paciencia porque el tren no llegaba y la novia esperaba en un andén desierto, en otra estación perdida en el páramo, o cobijada en un bosque denso, o erguida con orgullo entre campos bien cultivados, al final del camino que lleva al pueblo? (...)


PRÓXIMAMENTE...